La oveja negra me mira de lejos.
Me puse mis aretes azules, los de vidrio, esos que cargan el mar en pedacitos. Le regalé desde el otro lado de la sala mis olas, un vientecito de libertad y una pizca de brisa. Me mira entonces de reojo y desconfía, dice que no cree en mi mar ni en el silbido del aire que traigo acuestas, aunque confiesa que el vaivén de mis aretes lo ayudan a respirar salado. Pero la oveja negra carga entre sus lanas otro pedacito de azul, no lo cuelga de sus orejas, obvio, es un chico formal y los aritos no van con él, entonces guarda su trocito de azul cerúleo en el bolsillo, en las páginas de sus ideas, en esas páginas con rítmica, métrica, unos granitos de arena suave y millones de caracoles.
(Ahora se me viene a la cabeza “Los aretes de la luna” de Vicentico Valdez)
