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Un día de furia

oveja-negra

Ando sacudiéndome las lanas por la casa, están plomas, plomo oscuro. Ya nadie me dice en el edificio “copito de nieve”, ustedes saben, frasecitas propias de la navidad. Y todo se lo debo, absolutamente, a la Av. Abancay y a sus calles infestadas de euforia navideña y de consumismo con olor a canela y panetón. Le dije a E. que quería conocer el centro de Lima y E., tan obediente ella, me metió en la bolsa, se subió a un taxi y, en ese preciso instante, salió el sol. Pueden imaginarlo ahora, lanas metidas dentro de un bolso negro expuesto durante más de dos horas al sol, sí, casi termino convertida en una novedosa versión de oveja asada a la bolsa.

Pero mientras oteaba el camino desde una rendija de mi hoguera no pude evitar preguntarme qué despierta este consumismo demencial en la gente. Hoy, por ejemplo, leí que en Estados Unidos uno de los supermercados de la línea Wal-Mart anunció una serie de ofertas alucinantes, tan alucinantes que los ávidos consumidores se apelmazaron en la puerta a la espera de que estas se abrieran y cuando el camino estuvo despejado, la turba enardecida mató a pisotones a uno de los trabajadores del almacén. Me preguntaba también, si no es contradictorio que compren tanto cuando todos los expertos e inexpertos hablan de una crisis mundial que nos va a sumir en la miseria ¿Por qué compran con tal desesperación?¿Acaso piensan que están a punto de sumergirse en una suerte de refugio anti-bombas del cuál no van a poder salir nunca más?

Todo esto me tiene confundida. E. y yo ahorramos como si mañana se fuera a acabar el mundo y el resto vive en un orbe paralelo.

En fin, mis lanas siguen plomas, aún siento una suerte de ahogo por tanto smog y no puedo borrar de mi cabeza la cara de E., estaba a punto de llorar. Ahora entiendo a Michael Douglas en un día de furia. E. tuvo que agarrarme de las patas, quería morder a todos los conductores de los buses, de los taxis y más aún a los consumidores que trababan las pistas con sus paquetes y que no pensaban en los que nos calcinábamos a merced del inclemente sol.

Oveja, Into the wild…

Estoy enfadada. E., el problema, ciertamente, no es contigo, sé que tuviste las mejores intenciones, pero no podrás negar que tu idea del viaje perfecto fue una pesadilla ovejuna. Y todo comenzó cuando a E. se le ocurrió la grandiosa idea de viajar a la selva y como el trabajo la obligaba a ir por tierra, convenció al chofer del auto de que le permitiera llevar a su educadísima mascota, es decir, a mí.

E. me empacó en una mochila de inmediato, me puso un polar para pasar Ticlio, pero me prometió que en Tingo María podría pasear libremente: Oveja, allí si están acostumbrados a ver animales sueltos. No sé por qué, pero de pronto las palabras de E. me hicieron sentir como una suerte de mascota exótica, como un monito lanudo y parlante. En fin, tras diez horas de viaje, soroche, porque sí, a las ovejas capitalinas sí nos da soroche, llegamos a Tingo María.

Vi la Bella Durmiente, un paisaje agreste espectacular, me empape con la lluvia, vencí a los inmundos mosquitos con un poco de Off y caminé con libertad. Cuando pensaba que E. había tenido una grandiosa idea, que era estupendo sentirme liberada y andar a mis anchas, empezó la pesadilla. E. entró en una oficina para resolver unos temas de su trabajo, me dejó junto a un poste, porque no me dejaron ingresar al local, obvio, y en el preciso instante en que E. se dio la vuelta y cruzó el umbral de la puerta, un sujeto me tomó de las patas y zassss… me metió en un restaurante hediondo.

-Esta ovejita ya está toda pelaaaaada, más fácil no podría serrrr, un carneriiiito al paaaaalo,le han sacaaaaado de la oveja su laaaaana, algo así sonaba el dejo de mi futuro comensal.

E. dice que entró en shock cuando salió de la oficina y no me vio más. Tuvo que preguntar a los lugareños: ¿Han visto a una oveja sin lanas, es medio rosada, está pelada, es mi mascota?…ovejaaaaaa…Nadie daba señales de mi paradero, solo la observaban como si fuera una freak, hasta que un heladero se le acercó y, al verla tan mortificada, le dijo que había visto al cocinero del restaurante de al lado entrar con una oveja pelada: parecíaaaaa un peeeerro chiiiino, E. imitaba de esa forma el dejo del hombre.

Cuando E. entró en el local, me encontró con las patas atadas, tendida en una tabla de madera y salpimentada. Solo atinó entonces a gritar: noooooooooooooo, es mi oveja, esa es mi mascota, cerdo inmundo. El hombre al verla se asustó y luego, algo ruborizado, le dijo: penseeeee que era una oveeeeeeeja que nadie queriiiiia, y ensalivando no se le ocurrió mejor idea a ese gordo que empalar al animalito. Empalarme, eso iban a hacer conmigo, así como esa horrible película gore italiana de los ochentas “Canibal Holocausto”. Nunca sentí la muerte tan cerca. Ahora no quiero salir más de casa, en mi primer paseo me esquilaron y acabé como un perro chino rosado, ahora casi acabo empalada y sometida a la tortura de ser engullida por un gordo y hambriento charapa. Tenía que contarles este episodio. Solo puedo decir ahora sobreviví.

La agüita amarilla

Este invierno me está matando. Quien pensó que podía ser una ventaja liberarme de tantas lanas húmedas en esta fría estación del año, pues se equivocó totalmente. Por estos días una garua sin personalidad, pusilánime, se ha ensañado con las calles de Lima y esa garuita hedionda produce un cosquilleo tal en mi cuerpo, que salir se han convertido en una suerte de tortura.

Por ejemplo, hace unos días observaba en medio de la garua a un tipo “meando”, es así como llama E. a los que orinan por la calle, “meones de m…”. El señor meón dibujaba líneas en una de las palmeras que adornan la ventana de la casa. Yo daba vueltas por el jardín y al verlo decidí echarle una mirada de indignación, una mirada ruda y fiscalizadora, ustedes saben, para inhibirlo y llamarlo a la reflexión, pero de pronto solté una carcajada, la garuita inoportuna solo atinaba a sacar de mi cuerpo risotadas incontrolables, risitas estúpidas ¿Qué es esto? ¿Dónde están mis lanas? Yo quería ser dura y solo lograba arrancar sonrisas del señor meón, casi pordría decir que lo entretenía mientras dibujaba de chorro en chorro un tres en raya en mi palmera. Conclusión: esta vida sin piel mata. Prefiero llevar mis lanas hediondas, pegadas como una mazamorra mojada a mi cuerpo, pero una mazamorra que al fin y al cabo me protege de este frío y de sus insoportables micro gotas. Prefiero mis lanas apelmazadas a tener que andar por el mundo sin poder expresar mis puntos de vista o, mejor dicho, sin poder trasmitir la bronca que me producen los señores meones y la pena que me dan los árboles, víctimas de las inoportunas y hediondas agüitas amarillas.

Sí, ando molesta, tengo frío, llueve y, por lo tanto, sigo riendo.

(Les dejo esta canción “Mi agüita amarilla” de Los Toreros Muertos”

Desaparecí del mapa por unos días, discúlpenme, pero debo decir a mi favor que tengo una palabra como excusa: vergüenza. Y ahora les contaré por qué esa palabra se interpuso entre nosotros.

E. me llevó al campo para respirar un poco, inundar mi retina de verde y, sobretodo, poner a secar mis lanas repletas de humedad y smog. E. dice que comenzaba a ver en mí una extraña simbiosis entre oveja y champignon. Así que enrumbamos hacia un valle cercano de Lima. Apenas bajé del auto descubrí de pronto mis ganas de correr, de dar vueltas por el pasto, saltar alto, altísimo, agitar mis lanas contra el viento. Fue, realmente, delicioso, liberador. Sin darme cuenta crucé las barreras de una chacra, vi entonces a un grupo de ovejas encerradas, recordé a mis padres, nunca los conocí y E. tampoco quiso contarme qué pasó con ellos. Me acerqué a la verja para hablarles y una de las ovejas abrió de pronto sus ojos asustados y sentí que algo me paraba de cabeza. Una mano me cogió de las patas y me metió a un galpón. No sabía que hacer, había perdido de vista a E. y mis meeeees parecían no surtir efecto en mi captor.

De pronto giré la cabeza y ví una máquina filuda y brillante acercándose a mí. Solo atiné a decir: Epaa!! Hombre ¿Qué vas a hacer?. El carnicero ese volteó para ver quién le estaba hablando, obvio, como pensar que yo, una oveja se estaba defendiendo.

Me tapó el hocico, no pude argumentar nada a mi favor, lloré ante la inminencia de mi muerte y entonces la cuchilla empezó a hacerme cosquillas en todo el cuerpo y vi descansar en el suelo mi traje de nube. Sí, ese patán me esquiló, me dejo pelada, rosada como un chancho y luego me soltó en el campo, frente a todas las ovejas enjauladas, que ciertamente se meeeeaban de risa.

Cuando regresé al encuentro de E., E. se partió de risa: Oveja, eres un perro chino. Estaba indignada, avergonzada, vejada, todos los …adas posibles. E. me metió en el auto, me llevó a un estacionamiento en Lima y volvió a los pocos minutos con un polar Tek blanco: Oveja, aquí tienes, lanas sintéticas que abrigan.

Y bueno, esa es la razón por la que no escribí. Necesitaba superar la humillación para poder sentarme a escribir esta pequeña historia de lanas arrancadas. Solo quería cerrar este post diciendo, que con o sin lanas, soy una oveja, no un perro chino.

Más o menos así luzco con mi traje polar. Y sí, también canto cuando estoy deprimida.

 [http://www.youtube.com/watch?v=-I0cD3j_rLo&feature=related]

 

E. se ha comprado un disfraz de oveja al que ella llama, sutilmente, “mi lindo abrigo blanco”. Cuando ayer entró a la casa vistiendo el sobretodo blanco le dije: “E. somos del mismo rebaño, más que nunca”. No les miento, una lágrima se perdió entre mis lanas al verla tan compenetrada conmigo, como tratando de hacerme sentir que no soy muy distinta al resto que da vueltas allá afuera. Pero E. dice que no lo compró por mi, sino porque tiene una cena y porque quiere impresionar a un chico un poco extraño, con ese diáfano saco.

Yo entonces le sugerí que me usara, que me colocara alrededor de su cuello y que yo fingiría estar muerta. No sería acaso genial ver un poco más del mundo sintiéndome segura alrededor del cuello de mi querida E.. Imagine el tintineo de las copas, el olor del vino recién descorchado, las flores, los manteles largos y todas esas parejas emperifolladas, entretenidas en una danza gesticular inusual para mí.

E. echó a reír, dice que no podría ser ella misma con el chico al frente y conmigo encima. Puede que tenga razón, podría reír si la escucho esmerándose en usar las palabras perfectas. Pero luego confesó y me dijo que otras de las razones por las que compró el disfraz de oveja largo, realmente largo, fue para que podamos salir juntas a caminar por las calles, E. dice que podría aferrarme a sus pies y que nadie notaría la diferencia entre el abrigo blanco y mis lanas. Entonces corrí alrededor de la mesa de sala, no podía controlar la euforia, E. y yo por fin habíamos hallado la coartada perfecta para salir juntas sin que el resto note la diferencia. Quizás ahora necesite un baño urgente para que mis lanas puedan confundirse con el sobretodo blanco.

Es la mejor noticia de la semana: E. y yo recorreremos el mundo disfrazadas de oveja gigante.

E. me llevó hoy al paraíso del chocolate caliente. Sí, existe y pueden visitarlo, sin morir en el intento, dándose una vuelta por un rinconcito delicioso en Barranco(si les digo el nombre me veré en aprietos). E. fue hace una semana y conoció a la joven rumana de mejillas rosadas y de sonrisa espaciada que hace magia con unas simples bolitas de chocolate y diminutos malvaviscos (me encanta la cacofonía de esta palabra). E. converso largo rato con F., la joven rumana, y se animó a confesarle que vive conmigo, una oveja tragona, que por cierto es su gran, grandísima amiga, y que es una insalvable junkie del chocolate. F. le dijo tráela, al mediodía, a esa hora no hay gente aquí. Así que hoy fuimos a Barranco.

F., la joven rumana, me observo detenidamente, me jalo las lanas, me tocó la cara, la panza y  yo…yo no abrí la boca, claro, E. dice que sería demasiado para un solo día. Elegimos una mesa, en un rincón discreto del café, encaje mis patas en la silla, espere que F. me alcanzara un tazón repleto de su mágico elixir y fue entonces que casi voy directo al cielo, claro, al cielo de las ovejas. Si E. no me jalaba de las lanas, no estaría escribiendo este post. Oveja, susurró E., ¿Te gustó?, solo asentí, las palabras se habían esfumado.

F., algo sorprendida, le dijo a E.:

 

-Me encantaría escuchar hablar a tu oveja, parece que quisiera decirme algo.

-No lo dudes. Si pudiera hablar diría de seguro: “Hoy, sí estoy lista para ir al cielo E.”

 

El mar acuestas…

La oveja negra me mira de lejos.

Me puse mis aretes azules, los de vidrio, esos que cargan el mar en pedacitos. Le regalé desde el otro lado de la sala mis olas, un vientecito de libertad y una pizca de brisa. Me mira entonces de reojo y desconfía, dice que no cree en mi mar ni en el silbido del aire que traigo acuestas, aunque confiesa que el vaivén de mis aretes lo ayudan a respirar salado. Pero la oveja negra carga entre sus lanas otro pedacito de azul, no lo cuelga de sus orejas, obvio, es un chico formal y los aritos no van con él, entonces guarda su trocito de azul cerúleo en el bolsillo, en las páginas de sus ideas, en esas páginas con rítmica, métrica, unos granitos de arena suave y millones de caracoles.

(Ahora se me viene a la cabeza “Los aretes de la luna” de Vicentico Valdez)

Girasoles salvajes

E. salió de viaje y dijo que regresaba en dos días. Hoy, sin embargo, dejó un mensaje en la máquina: “Oveja, debo quedarme un par de días más, el trabajo me tiene secuestrada. Soporta, por favor, ya vuelvo”. Mi problema es que me las di de glotona los dos primeros días y ya me acabé la comida. No hay cereal, yogurt, menos chocolates bitter, carne, leche y ni una miga de pan. Empiezo a sentir hambre y lo extraño de todo esto es que libro una batalla inesperada con mi lado animal. E. adora sus plantas, las cuida celosamente, les echa aguita cada día, les habla y les pone buena música, para que crezcan con buen ritmo y hacia arriba. Yo, solo tengo hambre, y me quiero comer sus girasoles. Confieso que no como plantas ni bichos, es más, el vivir en la ciudad y en la casa de E. me convirtieron en una oveja con buen paladar. Pero ya no hay comida.
Insisto, los girasoles no se ven nada mal, nunca antes los probé y me sorprende y asusta a la vez, reconocer este lado salvaje en mi. Un girasol, solo uno. Me lo como, sí, me lo como, luego pensaré en como disculparme con E. Sabe dulce, realmente dulce, guardaré el tallo para mañana.
Buenas noches y, por favor, no juzquen a esta hambrienta oveja.

De Eslovenia con amor

Hace unos días, fui a un concierto, poco difundido, de un barítono esloveno. Esa fue, ciertamente, la razón por la que E. pudo ingeniárselas para lograr meterme a la sala en una mochila. Me preguntaba cómo sería ese concierto, ustedes saben, quien entiende el idioma esloveno, solo los eslovenos claro. En fin, bajaron un poco las luces y pude asomar mis lanas por el cierre de la mochila y entonces vi a Juan Vasle cantar, sí, mis lanas se pusieron de punta y de pronto experimenté una sensación rarísima y por segunda vez en mi vida, – la primera fue cuando descubrí que era una oveja y encima huérfana-. Bueno esta sensación estaba relacionada con unas gotitas saladísimas que empapaban mi cara de guaipe. Lo extraño de todo esto, es que a pesar que no entendía nada de lo que cantaba el barítono, no pude evitar conmoverme hasta las lágrimas, igual que E.
Fue una noche hermosa…He conseguido con esfuerzo en la web un pedazo de una pieza eslovena cantada por Juan Vasle y se las dejo para que la disfruten.

Kaj ti je Deklica?

Saben, no sé si les conté antes, soy una cinéfila empedernida pero de las que se quedan en casa.
Debo confesarles, sin embargo, que no por decisión personal, la verdad es que sueño con poder ver un día todas las películas que tanto me gustan en una sala de cine real. E. dice que entrar al cine, sentarse en una butaca, llenarse los carrillos de chocolates bitter y esperar que la luz encienda el inmenso ecran, es una las experiencias más fabulosas que hay en la vida. Yo temo nunca vivirla y temo que si en un ataque de valentía intento comprar un boleto en alguna sala de la ciudad, el vendedor eche volando muy lejos del lugar mis lanas. Es evidente, lo sé, soy una oveja, puede que piensen que puedo transmitir enfermedades aunque E., escúchenlo bien señores de los cines, se esmera en bañarme con shampoo de coco y jabones antibacteriales.
Quisiera, por ejemplo, poder ver Annie Hall en el cine. Hace poco la vi con E. y las escenas en Nueva York son buenísimas y ver a Woody Allen y a Diane Keaton caminando y siempre hablando por las calles de Manhattan y en tamaño natural debe ser fantástico.

En fin, E. dice que va a tratar de meterme en una mochila, ojalá lo logremos. Les cuento más adelante.
Ahora les dejo un extracto de Annie Hall, el final, escuchen el comentario de Woody Allen, es buenísimo “Todos necesitamos los huevos”.

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