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La oveja voladora

Me he convertido en una suerte de panal andante, como una especie de recipiente de miel con patas. Me siguen las abejas en lugar de las ovejas, para tristeza mía. Resulta que desde que decidí despojarme de mis lanas, quedarme calata para soportar el calor, exponer mis rollos a riesgo de ser llamada humita mal envuelta, las abejas han hecho de mi su medio de transporte. Cada vez que salgo a dar una vuelta, siento de pronto un zumbido que me perturba y pequeñas patitas aterrizan sobre mi espalda. Sí, ese grupo de intrusos bicromáticas. Para espantarlas corro, corro lo más rápido que puedo, pero no me dejan en paz y una de esos insectos atrevidos incluso me picó, sí, a pesar de que me usan como su caballo pelado. Ahora luzco  como un perro chino sin mis lanas y con ronchas en todo el cuerpo.

E. dice que si no puedes con tu enemigo únete, y me ha sugerido que me disfrace de abejorro para espantarlas, un abejorro negro que de un solo balido las espante. Sí, balidos, porque no logro dominar el arte de emitir zumbidos, cosas de la naturaleza, no nací para ello ¿Creerán que soy un abejorro?¿Qué dicen?¿Me disfrazo o no?

(Y bueno, para los que me imaginen volando, les pediría que lo hagan escuchando esta canción)

*La imagen la encontré en este blog de ilustraciones: http://jaggedsmile.wordpress.com/2008/08/

A lo Beth Ditto

La vida de una oveja en la ciudad no es fácil, sobre todo en el verano. Ha salido un sol intenso, brillante, lo que debería llenarme de alegría, repletar mi pequeño cuerpecito de endorfinas, pero no es así.  Las lanas me asfixian, no es que reniegue de mi aspecto físico, mis lanas son deliciosas en el invierno, pero lidiar con ellas cada verano es insoportable.

E. me ha aconsejado que me afeite, se ha ofrecido incluso a llevarme donde un peluquero amigo para que me esquilen, me hagan un corte al ras. Entonces, he tenido que confesarle ese pequeño secreto que guardo desde que volví del campo: estoy gorda. Sé que ahora mismo deben pensar cuál es el patrón estético de las ovejas, a quién le importa si una oveja luce gorda o no, pues a mí me importa y eso basta. Las perdidas (lean el post anterior) tienden a veces a despertar una inusitada ansiedad que todos canalizamos de una forma distinta, en mi caso, lo hice con la comida, con toda la comida que encontré a mi paso y ahora me averguenza sacarme las lanas y me ahogo de calor mientras escribo este post.

Mi vientre se ha hinchado, mis muslos se asemejan a los de un cerdo (con el perdón de los cerdos), mi blin blin lastima mi cuello regordete y cuando me miro la cola, veo dos colas. Todo esto me tenía bastante deprimida hasta esta tarde, sí, cuando leyendo un artículo en internet descubrí al grupo norteamericano The Gossip y la personalidad arrolladora de su cantante Beth Ditto. Imaginen una gorda descomunal sacudiendo, sin vergüenza alguna ,su rollizo cuerpo en el escenario, vistiendo trajes ceñidos sin tener reparos, sacando esa voz electrizante de esa desarrollada caja toráxica. Y es que Ditto se mueve en el escenario con la misma seguridad que lo hace en una pasarela una modelo a punto de quebrarse de Karl Lagerfeld, esa seguridad ciertamente sedujo a este diseñador alemán, que odia a los gordos menos a Ditto, a quien viste con sus diseños exclusivos cada vez que puede.

Inspirada en Beth Ditto, he ido esta tarde donde el peluquero, me he sacado de encima todas las lanas, he disfrutado del sol radiante y he caminado junto a E. por las calles zarandeando la cola sin avergonzarme. No sé cantar, por eso les dejo dos videos de The Gossip. Buenas noches!

 

The Gossip – “Heavy cross”

The Gossip – “Coal to diamonds”

Aquel extraño olor…

OVEJA DEPECHE

¡Como extrañaba escribir! He permanecido muda por más de ocho meses, bueno, he vivido a punta de balidos y desafiando al viento, en mis recorridos diarios por el campo. Es decir, volví a vivir como una oveja más del montón, por unos meses. He extrañado horrores la vida en casa de E., pero regresé a mi hogar porque mi padre partió, raudamente, al cielo de los ovejas. Han sido días tristes, tristísimos, días de lanas húmedas y saladas, días en los que añoré poder expresarme como mejor sé hacerlo, con el castellano, y no con los balidos. Lo bueno de este retiro necesario, es que volví a ver a mamá oveja y a la familia, volví a valorar mi especie y mi idioma, pero confieso que ya necesitaba regresar a la ciudad.

E. se ha mudado de casa y vivimos ahora en un lugar más céntrico. Pero antes de describirles mi nuevo hogar, tengo que contarles que mi regreso coincidió con el concierto de Depeche Mode y E. me llevó en la mochila. Lo bueno fue que cuando revisaron a E., me confundieron con una chompa y logré entrar. No saben, tenía las lanas erizadas. E. me sacó de la mochila y me colocó alrededor de su cuello, como una suerte de bufanda muy peluda, y pude verlo todo. Y también sentirlo, había un humo raro, como un olor a hierba quemada que no he olfateado antes en el campo, E. dice que se llama marihuana, pero de pronto ese humo me transportó a una pradera, sentía que corría lentamente por el verde intenso, mis lanas volaban, mis patas acariciaban el suelo y en el fondo...I feel you…sonaba I feel you en el escenario.

De pronto, alguien me tiró de una oveja, era E.: “Oveja, ovejaaaaaaaaa…hey! Despierta!”. No entendía nada. Pero después E. me contó que lo que había experimentado es un extraño proceso al que llaman “hornearse”. “Oveja te has horneado”, repetía ese día E., yo escuchaba su voz en el fondo, oía más…Home…y pensaba en papá corriendo en el cielo de las ovejas, lo vi feliz, de nuevo sano, con las mismas energías de siempre, con la misma sonrisa equilátera.

Les dejo ahora un par de videos. Nos vemos en unos días ¡Buenas noches!

I feel you…

Home…

Un día de furia

oveja-negra

Ando sacudiéndome las lanas por la casa, están plomas, plomo oscuro. Ya nadie me dice en el edificio “copito de nieve”, ustedes saben, frasecitas propias de la navidad. Y todo se lo debo, absolutamente, a la Av. Abancay y a sus calles infestadas de euforia navideña y de consumismo con olor a canela y panetón. Le dije a E. que quería conocer el centro de Lima y E., tan obediente ella, me metió en la bolsa, se subió a un taxi y, en ese preciso instante, salió el sol. Pueden imaginarlo ahora, lanas metidas dentro de un bolso negro expuesto durante más de dos horas al sol, sí, casi termino convertida en una novedosa versión de oveja asada a la bolsa.

Pero mientras oteaba el camino desde una rendija de mi hoguera no pude evitar preguntarme qué despierta este consumismo demencial en la gente. Hoy, por ejemplo, leí que en Estados Unidos uno de los supermercados de la línea Wal-Mart anunció una serie de ofertas alucinantes, tan alucinantes que los ávidos consumidores se apelmazaron en la puerta a la espera de que estas se abrieran y cuando el camino estuvo despejado, la turba enardecida mató a pisotones a uno de los trabajadores del almacén. Me preguntaba también, si no es contradictorio que compren tanto cuando todos los expertos e inexpertos hablan de una crisis mundial que nos va a sumir en la miseria ¿Por qué compran con tal desesperación?¿Acaso piensan que están a punto de sumergirse en una suerte de refugio anti-bombas del cuál no van a poder salir nunca más?

Todo esto me tiene confundida. E. y yo ahorramos como si mañana se fuera a acabar el mundo y el resto vive en un orbe paralelo.

En fin, mis lanas siguen plomas, aún siento una suerte de ahogo por tanto smog y no puedo borrar de mi cabeza la cara de E., estaba a punto de llorar. Ahora entiendo a Michael Douglas en un día de furia. E. tuvo que agarrarme de las patas, quería morder a todos los conductores de los buses, de los taxis y más aún a los consumidores que trababan las pistas con sus paquetes y que no pensaban en los que nos calcinábamos a merced del inclemente sol.

Oveja, Into the wild…

Estoy enfadada. E., el problema, ciertamente, no es contigo, sé que tuviste las mejores intenciones, pero no podrás negar que tu idea del viaje perfecto fue una pesadilla ovejuna. Y todo comenzó cuando a E. se le ocurrió la grandiosa idea de viajar a la selva y como el trabajo la obligaba a ir por tierra, convenció al chofer del auto de que le permitiera llevar a su educadísima mascota, es decir, a mí.

E. me empacó en una mochila de inmediato, me puso un polar para pasar Ticlio, pero me prometió que en Tingo María podría pasear libremente: Oveja, allí si están acostumbrados a ver animales sueltos. No sé por qué, pero de pronto las palabras de E. me hicieron sentir como una suerte de mascota exótica, como un monito lanudo y parlante. En fin, tras diez horas de viaje, soroche, porque sí, a las ovejas capitalinas sí nos da soroche, llegamos a Tingo María.

Vi la Bella Durmiente, un paisaje agreste espectacular, me empape con la lluvia, vencí a los inmundos mosquitos con un poco de Off y caminé con libertad. Cuando pensaba que E. había tenido una grandiosa idea, que era estupendo sentirme liberada y andar a mis anchas, empezó la pesadilla. E. entró en una oficina para resolver unos temas de su trabajo, me dejó junto a un poste, porque no me dejaron ingresar al local, obvio, y en el preciso instante en que E. se dio la vuelta y cruzó el umbral de la puerta, un sujeto me tomó de las patas y zassss… me metió en un restaurante hediondo.

-Esta ovejita ya está toda pelaaaaada, más fácil no podría serrrr, un carneriiiito al paaaaalo,le han sacaaaaado de la oveja su laaaaana, algo así sonaba el dejo de mi futuro comensal.

E. dice que entró en shock cuando salió de la oficina y no me vio más. Tuvo que preguntar a los lugareños: ¿Han visto a una oveja sin lanas, es medio rosada, está pelada, es mi mascota?…ovejaaaaaa…Nadie daba señales de mi paradero, solo la observaban como si fuera una freak, hasta que un heladero se le acercó y, al verla tan mortificada, le dijo que había visto al cocinero del restaurante de al lado entrar con una oveja pelada: parecíaaaaa un peeeerro chiiiino, E. imitaba de esa forma el dejo del hombre.

Cuando E. entró en el local, me encontró con las patas atadas, tendida en una tabla de madera y salpimentada. Solo atinó entonces a gritar: noooooooooooooo, es mi oveja, esa es mi mascota, cerdo inmundo. El hombre al verla se asustó y luego, algo ruborizado, le dijo: penseeeee que era una oveeeeeeeja que nadie queriiiiia, y ensalivando no se le ocurrió mejor idea a ese gordo que empalar al animalito. Empalarme, eso iban a hacer conmigo, así como esa horrible película gore italiana de los ochentas “Canibal Holocausto”. Nunca sentí la muerte tan cerca. Ahora no quiero salir más de casa, en mi primer paseo me esquilaron y acabé como un perro chino rosado, ahora casi acabo empalada y sometida a la tortura de ser engullida por un gordo y hambriento charapa. Tenía que contarles este episodio. Solo puedo decir ahora sobreviví.

La agüita amarilla

Este invierno me está matando. Quien pensó que podía ser una ventaja liberarme de tantas lanas húmedas en esta fría estación del año, pues se equivocó totalmente. Por estos días una garua sin personalidad, pusilánime, se ha ensañado con las calles de Lima y esa garuita hedionda produce un cosquilleo tal en mi cuerpo, que salir se han convertido en una suerte de tortura.

Por ejemplo, hace unos días observaba en medio de la garua a un tipo “meando”, es así como llama E. a los que orinan por la calle, “meones de m…”. El señor meón dibujaba líneas en una de las palmeras que adornan la ventana de la casa. Yo daba vueltas por el jardín y al verlo decidí echarle una mirada de indignación, una mirada ruda y fiscalizadora, ustedes saben, para inhibirlo y llamarlo a la reflexión, pero de pronto solté una carcajada, la garuita inoportuna solo atinaba a sacar de mi cuerpo risotadas incontrolables, risitas estúpidas ¿Qué es esto? ¿Dónde están mis lanas? Yo quería ser dura y solo lograba arrancar sonrisas del señor meón, casi pordría decir que lo entretenía mientras dibujaba de chorro en chorro un tres en raya en mi palmera. Conclusión: esta vida sin piel mata. Prefiero llevar mis lanas hediondas, pegadas como una mazamorra mojada a mi cuerpo, pero una mazamorra que al fin y al cabo me protege de este frío y de sus insoportables micro gotas. Prefiero mis lanas apelmazadas a tener que andar por el mundo sin poder expresar mis puntos de vista o, mejor dicho, sin poder trasmitir la bronca que me producen los señores meones y la pena que me dan los árboles, víctimas de las inoportunas y hediondas agüitas amarillas.

Sí, ando molesta, tengo frío, llueve y, por lo tanto, sigo riendo.

(Les dejo esta canción “Mi agüita amarilla” de Los Toreros Muertos”

Desaparecí del mapa por unos días, discúlpenme, pero debo decir a mi favor que tengo una palabra como excusa: vergüenza. Y ahora les contaré por qué esa palabra se interpuso entre nosotros.

E. me llevó al campo para respirar un poco, inundar mi retina de verde y, sobretodo, poner a secar mis lanas repletas de humedad y smog. E. dice que comenzaba a ver en mí una extraña simbiosis entre oveja y champignon. Así que enrumbamos hacia un valle cercano de Lima. Apenas bajé del auto descubrí de pronto mis ganas de correr, de dar vueltas por el pasto, saltar alto, altísimo, agitar mis lanas contra el viento. Fue, realmente, delicioso, liberador. Sin darme cuenta crucé las barreras de una chacra, vi entonces a un grupo de ovejas encerradas, recordé a mis padres, nunca los conocí y E. tampoco quiso contarme qué pasó con ellos. Me acerqué a la verja para hablarles y una de las ovejas abrió de pronto sus ojos asustados y sentí que algo me paraba de cabeza. Una mano me cogió de las patas y me metió a un galpón. No sabía que hacer, había perdido de vista a E. y mis meeeees parecían no surtir efecto en mi captor.

De pronto giré la cabeza y ví una máquina filuda y brillante acercándose a mí. Solo atiné a decir: Epaa!! Hombre ¿Qué vas a hacer?. El carnicero ese volteó para ver quién le estaba hablando, obvio, como pensar que yo, una oveja se estaba defendiendo.

Me tapó el hocico, no pude argumentar nada a mi favor, lloré ante la inminencia de mi muerte y entonces la cuchilla empezó a hacerme cosquillas en todo el cuerpo y vi descansar en el suelo mi traje de nube. Sí, ese patán me esquiló, me dejo pelada, rosada como un chancho y luego me soltó en el campo, frente a todas las ovejas enjauladas, que ciertamente se meeeeaban de risa.

Cuando regresé al encuentro de E., E. se partió de risa: Oveja, eres un perro chino. Estaba indignada, avergonzada, vejada, todos los …adas posibles. E. me metió en el auto, me llevó a un estacionamiento en Lima y volvió a los pocos minutos con un polar Tek blanco: Oveja, aquí tienes, lanas sintéticas que abrigan.

Y bueno, esa es la razón por la que no escribí. Necesitaba superar la humillación para poder sentarme a escribir esta pequeña historia de lanas arrancadas. Solo quería cerrar este post diciendo, que con o sin lanas, soy una oveja, no un perro chino.

Más o menos así luzco con mi traje polar. Y sí, también canto cuando estoy deprimida.

 [http://www.youtube.com/watch?v=-I0cD3j_rLo&feature=related]

 

E. se ha comprado un disfraz de oveja al que ella llama, sutilmente, “mi lindo abrigo blanco”. Cuando ayer entró a la casa vistiendo el sobretodo blanco le dije: “E. somos del mismo rebaño, más que nunca”. No les miento, una lágrima se perdió entre mis lanas al verla tan compenetrada conmigo, como tratando de hacerme sentir que no soy muy distinta al resto que da vueltas allá afuera. Pero E. dice que no lo compró por mi, sino porque tiene una cena y porque quiere impresionar a un chico un poco extraño, con ese diáfano saco.

Yo entonces le sugerí que me usara, que me colocara alrededor de su cuello y que yo fingiría estar muerta. No sería acaso genial ver un poco más del mundo sintiéndome segura alrededor del cuello de mi querida E.. Imagine el tintineo de las copas, el olor del vino recién descorchado, las flores, los manteles largos y todas esas parejas emperifolladas, entretenidas en una danza gesticular inusual para mí.

E. echó a reír, dice que no podría ser ella misma con el chico al frente y conmigo encima. Puede que tenga razón, podría reír si la escucho esmerándose en usar las palabras perfectas. Pero luego confesó y me dijo que otras de las razones por las que compró el disfraz de oveja largo, realmente largo, fue para que podamos salir juntas a caminar por las calles, E. dice que podría aferrarme a sus pies y que nadie notaría la diferencia entre el abrigo blanco y mis lanas. Entonces corrí alrededor de la mesa de sala, no podía controlar la euforia, E. y yo por fin habíamos hallado la coartada perfecta para salir juntas sin que el resto note la diferencia. Quizás ahora necesite un baño urgente para que mis lanas puedan confundirse con el sobretodo blanco.

Es la mejor noticia de la semana: E. y yo recorreremos el mundo disfrazadas de oveja gigante.

E. me llevó hoy al paraíso del chocolate caliente. Sí, existe y pueden visitarlo, sin morir en el intento, dándose una vuelta por un rinconcito delicioso en Barranco(si les digo el nombre me veré en aprietos). E. fue hace una semana y conoció a la joven rumana de mejillas rosadas y de sonrisa espaciada que hace magia con unas simples bolitas de chocolate y diminutos malvaviscos (me encanta la cacofonía de esta palabra). E. converso largo rato con F., la joven rumana, y se animó a confesarle que vive conmigo, una oveja tragona, que por cierto es su gran, grandísima amiga, y que es una insalvable junkie del chocolate. F. le dijo tráela, al mediodía, a esa hora no hay gente aquí. Así que hoy fuimos a Barranco.

F., la joven rumana, me observo detenidamente, me jalo las lanas, me tocó la cara, la panza y  yo…yo no abrí la boca, claro, E. dice que sería demasiado para un solo día. Elegimos una mesa, en un rincón discreto del café, encaje mis patas en la silla, espere que F. me alcanzara un tazón repleto de su mágico elixir y fue entonces que casi voy directo al cielo, claro, al cielo de las ovejas. Si E. no me jalaba de las lanas, no estaría escribiendo este post. Oveja, susurró E., ¿Te gustó?, solo asentí, las palabras se habían esfumado.

F., algo sorprendida, le dijo a E.:

 

-Me encantaría escuchar hablar a tu oveja, parece que quisiera decirme algo.

-No lo dudes. Si pudiera hablar diría de seguro: “Hoy, sí estoy lista para ir al cielo E.”

 

El mar acuestas…

La oveja negra me mira de lejos.

Me puse mis aretes azules, los de vidrio, esos que cargan el mar en pedacitos. Le regalé desde el otro lado de la sala mis olas, un vientecito de libertad y una pizca de brisa. Me mira entonces de reojo y desconfía, dice que no cree en mi mar ni en el silbido del aire que traigo acuestas, aunque confiesa que el vaivén de mis aretes lo ayudan a respirar salado. Pero la oveja negra carga entre sus lanas otro pedacito de azul, no lo cuelga de sus orejas, obvio, es un chico formal y los aritos no van con él, entonces guarda su trocito de azul cerúleo en el bolsillo, en las páginas de sus ideas, en esas páginas con rítmica, métrica, unos granitos de arena suave y millones de caracoles.

(Ahora se me viene a la cabeza “Los aretes de la luna” de Vicentico Valdez)

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