
Estoy enfadada. E., el problema, ciertamente, no es contigo, sé que tuviste las mejores intenciones, pero no podrás negar que tu idea del viaje perfecto fue una pesadilla ovejuna. Y todo comenzó cuando a E. se le ocurrió la grandiosa idea de viajar a la selva y como el trabajo la obligaba a ir por tierra, convenció al chofer del auto de que le permitiera llevar a su educadísima mascota, es decir, a mí.
E. me empacó en una mochila de inmediato, me puso un polar para pasar Ticlio, pero me prometió que en Tingo María podría pasear libremente: Oveja, allí si están acostumbrados a ver animales sueltos. No sé por qué, pero de pronto las palabras de E. me hicieron sentir como una suerte de mascota exótica, como un monito lanudo y parlante. En fin, tras diez horas de viaje, soroche, porque sí, a las ovejas capitalinas sí nos da soroche, llegamos a Tingo María.
Vi la Bella Durmiente, un paisaje agreste espectacular, me empape con la lluvia, vencí a los inmundos mosquitos con un poco de Off y caminé con libertad. Cuando pensaba que E. había tenido una grandiosa idea, que era estupendo sentirme liberada y andar a mis anchas, empezó la pesadilla. E. entró en una oficina para resolver unos temas de su trabajo, me dejó junto a un poste, porque no me dejaron ingresar al local, obvio, y en el preciso instante en que E. se dio la vuelta y cruzó el umbral de la puerta, un sujeto me tomó de las patas y zassss… me metió en un restaurante hediondo.
-Esta ovejita ya está toda pelaaaaada, más fácil no podría serrrr, un carneriiiito al paaaaalo,le han sacaaaaado de la oveja su laaaaana, algo así sonaba el dejo de mi futuro comensal.
E. dice que entró en shock cuando salió de la oficina y no me vio más. Tuvo que preguntar a los lugareños: ¿Han visto a una oveja sin lanas, es medio rosada, está pelada, es mi mascota?…ovejaaaaaa…Nadie daba señales de mi paradero, solo la observaban como si fuera una freak, hasta que un heladero se le acercó y, al verla tan mortificada, le dijo que había visto al cocinero del restaurante de al lado entrar con una oveja pelada: parecíaaaaa un peeeerro chiiiino, E. imitaba de esa forma el dejo del hombre.
Cuando E. entró en el local, me encontró con las patas atadas, tendida en una tabla de madera y salpimentada. Solo atinó entonces a gritar: noooooooooooooo, es mi oveja, esa es mi mascota, cerdo inmundo. El hombre al verla se asustó y luego, algo ruborizado, le dijo: penseeeee que era una oveeeeeeeja que nadie queriiiiia, y ensalivando no se le ocurrió mejor idea a ese gordo que empalar al animalito. Empalarme, eso iban a hacer conmigo, así como esa horrible película gore italiana de los ochentas “Canibal Holocausto”. Nunca sentí la muerte tan cerca. Ahora no quiero salir más de casa, en mi primer paseo me esquilaron y acabé como un perro chino rosado, ahora casi acabo empalada y sometida a la tortura de ser engullida por un gordo y hambriento charapa. Tenía que contarles este episodio. Solo puedo decir ahora sobreviví.